La ilusión óptica más grandiosa de todas

En este blog hemos dedicado mucho espacio (aquí, y aquí, por ejemplo) a ese mundillo que son las ilusiones ópticas de diverso tipo. Para resumir, podría decir que todas o casi todas estas ilusiones se basan en una interpretación que hace nuestro cerebro a partir de unos determinados estímulos visuales que, finalmente, resulta ser errónea. Es lo que pasaba en el divertido post de Héctor sobre la percepción de perspectivas y tamaños. Por regla general, en nuestro mundo tridimensional hay estímulos que, como las líneas rectas que convergen en un punto, suelen significar una misma cosa: profundidad. Y generalmente esta impresión coincide con la realidad, con lo que la percepción de nuestro cerebro es acertada, aunque a veces sucede lo contrario, como en las fotografías trucadas de Héctor. Quisiera llamar la atención sobre el hecho de que estas conclusiones, ilusorias o no, se basan principalmente en estímulos visuales bastante abstractos: líneas rectas que convergen en un punto, manchas oscuras con una posición y forma engañosas... Sin embargo, la percepción humana es mucho más rica de lo que parece, y también existen ilusiones que se basan en otro tipo de estimulación con más “contenido”. Eso nos dice mucho acerca de la naturaleza compleja de nuestra percepción visual. Por eso me he decidido a escribir sobre la que, para mí, es la ilusión óptica más maravillosa y sorprendente de todas.

Los humanos somos animales principalmente visuales, de modo que la capacidad para deducir profundidad o perspectiva a partir de estímulos simples nos permite desenvolvernos en nuestro mundo tridimensional sin caernos de nuestro árbol o por un barranco. Por otro lado, como primates sociales que somos, nuestro otro gran ambiente es el social y familiar. Es por eso que los rostros juegan un papel importante en nuestro comportamiento. Nos permiten distinguir a un amigo de un enemigo o de un desconocido. Prácticamente toda nuestra estructura social y familiar, a pequeña escala, se basa en el reconocimiento facial. No es extraño, por lo tanto, que nuestro sistema nervioso esté específicamente preparado para buscar y reconocer rostros humanos en el torrente continuo de estimulación visual que llega a nuestra retina. Hay experimentos con monos (este enlace es lo mejor que he conseguido aunque no es exactamente lo que buscaba) que han detectado algunos tipos de células nerviosas que se disparan ante la visión de una cara completa (no ante fragmentos aislados de la misma). O sea, que las caras son un tipo de objeto muy especial, distinto al resto, que son tratados por el cerebro de manera separada. Trastornos como la prosopagnosia, o ceguera para los rostros, demuestran esta afirmación.
Otra cosa interesante es que, como primates sociales, estamos programados para “ver caras” en todas partes... las haya realmente o no. No es extraño encontrar en los periódicos (sobre todo en verano, ante la escasez de noticias relevantes) algún testimonio sorprendente de quien ha creído ver el rostro de un santo o de una figura religiosa en el perfil de una montaña, las humedades de una pared o las vetas caprichosas de una loncha de jamón serrano. Durante mucho tiempo fue famosa la fotografía de aquella “cara” que nos miraba desde la superficie marciana, que luego resultó ser un fortuito juego de luces y sombras en una imagen de baja resolución. Y aún hoy se mantienen en el candelero las celebérrimas –y retocadísimas, y lucrativas- caras de Bélmez. Parece que tenemos una tendencia universal e irrefrenable por ver caras... ¡Donde sea! Yo mismo sigo observando con curiosidad cierta formación montañosa cerca de donde vivo, que tiene un parecido aparentemente increíble con un fraile, con capuchón y todo.

Pero nuestra tendencia a ver rostros humanos en cualquier parte nos depara visiones aun más fantásticas, y esta es la ilusión a la que me refería al principio de esta entrada. Todos podemos intentarlo en nuestra casa. Conseguid una máscara de carnaval de plástico, de las que venden en cualquier juguetería, una que tenga rasgos humanos aproximadamente realistas y tenga una superficie con relieve (quiero decir que no me vale con una máscara fantástica del burro de Shrek del carnaval pasado, ni tampoco con una de cartón plano y liso). Colocadla derecha en una mesa, bajo unas buenas condiciones de iluminación, y separaos unos metros para mirarla de frente. Observaréis cómo la luz incide en cada arruga, cada pliegue, formando sombras y marcando el relieve de forma que podéis apreciar el volumen de los rasgos. La cara tiene aspecto tridimensional y convexo, prominente, “sobresale” del fondo. De momento, no hay nada fantástico en ello, simplemente estáis interpretando las luces y sombras como marcadores del volumen tridimensional de una cara. Ahora viene lo interesante. Dad la vuelta a la máscara, para mirarla desde la parte de atrás, y observadla durante unos segundos a cierta distancia. Ahora la máscara es un objeto no convexo, sino cóncavo, de forma que las formas antes prominentes, como la nariz, están “excavadas” en la superficie. Sin embargo, ¡todas las caras reales tienen un volumen prominente! Si miramos de frente cualquier cara de nuestros amigos o vecinos, o la de la talentosa Rosi de Palma, la nariz es una forma que sobresale y apunta hacia el observador (Krilin, sobrecogedora excepción). Naturalmente, lo que sucede es que la máscara no es una cara real, sino un objeto artificial con otras características. Pero nuestro cerebro se empeña, tozudamente, en ver una cara a la mínima oportunidad, exista o no realmente. El sistema nervioso cree que debe ver una cara en la máscara invertida, y como todas las caras son sobresalientes y convexas, crea una ilusión de convexidad para el objeto cóncavo que es la máscara invertida. Vista a cierta distancia, nos parecerá que la máscara invertida es prominente y convexa. La nariz de la máscara parece apuntar hacia nosotros y no en la dirección contraria. A veces puede ayudar que cerremos uno de los ojos, pero generalmente la ilusión es tan potente que no es necesario en absoluto. Si giramos ligeramente nuestra cabeza arriba y abajo, o a los lados, las sombras y los contornos se adaptarán para seguir simulando esa sensación de convexidad. Tal vez lo podáis apreciar en el vídeo (eso sí, con cierto esfuerzo, la calidad no es muy buena).
La ilusión se hace más interesante todavía si hacemos girar la máscara despacio (lo ideal sería montarla en una plataforma giratoria). La cara aparentemente sólida empieza a transformarse siguiendo el movimiento, como si su dueño moviera la cabeza lentamente, pero llega un momento, cuando la máscara da la vuelta por completo, en que realiza un movimiento extraño e imposible, y es “tragada” por otra cara (la faceta delantera de la máscara) que gira en la dirección contraria, de un modo inquietante y hasta fantasmal. Richard Dawkins relata su experiencia con esta ilusión en su libro “Destejiendo el arco-iris” (1996).



¿Qué es lo que está pasando aquí? Como en el famoso dibujo de los “cubos que no son cubos” (cubo de Necker), la visión de una máscara hueca, vacía, es un estímulo que puede interpretarse de varias maneras. Podemos reconocer una cara cóncava, hueca, “excavada”. Pero podemos también interpretarlo como una cara convexa similar a las que encontramos todos los días en nuestra interacción social. Conforme la máscara gira, nuestros sentidos nos gritan: ¡Es un objeto hueco, es un volumen cóncavo! Pero, como dice Dawkins, el cerebro está cegado por su tozudo empeño en ver caras en todas partes, y grita más fuerte: ¡Es una cara, es una cara, es una cara! ¡Tiene que ser una cara! Como las caras son naturalmente convexas, se crea la ilusión de convexidad para la máscara hueca, y el modelo visual que acaba construyendo el cerebro es inquietante y extraño, una cara que “se traga” a otra cara que flota fantasmalmente en el aire.

Referencias:
Grand Illusions: En esta web venden (bastante caros) todo tipo de juguetitos insólitos para hacer trucos e ilusiones, algunas increíbles. El vídeo que he enlazado es uno de sus artículos en venta.
Dawkins, R. (1998). Destejiendo el arco iris. Barcelona: Tusquets.

6 comentarios:

Héctor dijo...

¡Buen artículo! Otras ilusiones que pueden tener que ver...

Esta es de una cara de un dragón, es bastante chula...

http://es.youtube.com/watch?v=rDBEQWMM2l0&NR=1

Y esta es de una cara de una careta tb...

http://es.youtube.com/watch?v=QbKw0_v2clo&mode=related&search

Y otras similares. Aunque estas ya no con caras, juegan también con la convexidad del objeto y posiblemente con nuestra experiencia sobre estos objetos (lo que se espera ver...).

Y tenemos esta casa...

http://es.youtube.com/watch?v=MPCqoFdqtDg&mode=related&search

Y esta ambulancia...

http://es.youtube.com/watch?v=3QrN2M2R6FI&mode=related&search

Bueno, saludos :)

Héctor dijo...

De todos modos para mi la mejor ilusión de todas es el cine en 3D...

Niha dijo...

Me parece fascinante el tema de las ilusiones ópticas, por lo que nos dice sobre cómo funciona la percepción visual.
Y la ilusión de la cara es buenísima. Tanto como la mención a Krilín.

Gilgamesh dijo...

Es que lo de Krilin es más inquietante que ver a un chimpancé haciendo prácticas de tiro. Miedo... :-S

Anónimo dijo...

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Buena ilusión óptica, me pregunto por qué es tan difícil hacerla. algún consejo para hacerla ?