Los fumadores no aprenden de lo que "podría haber pasado" (aunque lo sepan)

ResearchBlogging.orgUna aclaración antes de que empecéis a leer: no, éste no es un post para quejarme de los fumadores y de sus aficiones, sino para contaros los resultados de una investigación publicada en Nature Neuroscience que creo muy interesante, y cuyas conclusiones, restringidas al contexto de dicha investigación, sí pueden resumirse simplificadamente con el título del post. En el experimento, el cerebro de los fumadores es capaz de reconocer la diferencia entre lo que ha ocurrido realmente y lo que podría haber ocurrido si hubiesen actuado de otra manera. Sin embargo, por alguna razón, esa información no se utiliza para mejorar las decisiones futuras.

Aprender de lo ocurrido, aprender de lo que podría haber ocurrido
En las personas sanas, muchas decisiones diarias suelen estar determinadas por las consecuencias reales que tuvieron las decisiones anteriores. Una persona puede llegar a la conclusión de que dejará de comprar en la tienda de la esquina porque el jamón que le vendieron allí la semana pasada estaba en mal estado.
Pero además de eso, casi todos nosotros podemos aprender también a guiar nuestras decisiones por las consecuencias que no ocurrieron, pero nos podrían haber ocurrido si hubiésemos actuado de otra manera en el pasado. Por ejemplo, una persona precavida que siempre contrata el seguro de viaje al comprar los billetes de avión probablemente decidirá seguir haciéndolo al saber que el viajero del asiento contiguo, quien no contrató el seguro, perdió las maletas y se quedó sin indemnización. En este segundo caso, son las consecuencias ficticias (algo que podría haber pasado, pero no ocurrió) las que motivan la decisión actual. Generalmente, todos tomamos en cuenta tanto las consecuencias reales como las ficticias en el proceso de decisión, sea en mayor o menor medida.

No obstante, un escenario distinto se ha propuesto para describir el caso de las personas con adicciones. Se ha comprobado empíricamente cómo los adictos (a diversas sustancias) padecen un déficit de autocontrol. En este contexto, la falta de autocontrol se traduce en la preferencia por recompensas inmediatas, aunque menores o bien acompañadas de posibles consecuencias negativas, en detrimento de otras recompensas mayores y sin contrapartidas, pero más demoradas en el tiempo. Podéis pensar en la conducta del fumador crónico, que necesita y opta por fumar un cigarrillo inmediatamente, a pesar de las posibles consecuencias negativas (merma de la salud, probabilidad de desarrollar enfermedades graves), en vez de contenerse para evitar dichas consecuencias negativas. Desde este punto de vista, la investigación previa parece sugerir que los adictos no son capaces de evaluar en su justa medida las consecuencias posibles de tomar la droga, que no han tenido lugar aún pero podrían haber sucedido (por ejemplo, la posibilidad de desarrollar un cáncer), y guían su conducta únicamente por las consecuencias que han ocurrido realmente e inmediatamente después del consumo (que suelen ser consecuencias positivas, como la evasión o la relajación).

Una investigación de Chiu, Lohrenz y Montague (2008) publicada en Nature Neuroscience pretende profundizar en estas ideas: Si los adictos minusvaloran las consecuencias posibles de sus acciones en favor de las consecuencias reales, ¿es porque su cerebro no puede detectar esas consecuencias posibles? ¿O es porque, aunque su cerebro las detecte normalmente, esa información no tiene peso en la toma de decisión?

Invirtiendo en la bolsa
Para poder comprender la naturaleza de esta situación, los mencionados científicos llevaron a cabo un estudio en el que compararon tanto la conducta como las imágenes cerebrales (fMRI) de dos grupos de voluntarios: no fumadores y fumadores crónicos.
Los dos grupos de participantes tomaron parte en un juego de ordenador que simulaba el comportamiento de unas acciones en el mercado bursátil. Todos comenzaban con un saldo de 100 $ antes de empezar el experimento. En un momento determinado, los voluntarios debían decidir qué porcentaje de su saldo monetario actual querían invertir en las acciones (de 0% a 100%). Una vez dada la respuesta, se mostraba en la pantalla un gráfico con el estado de la bolsa al día siguiente, y el saldo de los participantes se actualizaba, perdiendo o ganando dinero según la cantidad invertida y el comportamiento de las acciones. Este ciclo de apuesta-resultado se repitió un total de 20 veces.

El juego consiste por lo tanto en predecir cuál va a ser el comportamiento de la bolsa (subir vs. bajar) y apostar en consecuencia. Por ser más específico, se hace evidente que hay dos posibles resultados: o bien las acciones suben (y con ellas la posibilidad de ganar dinero, más cuanto mayor hubiera sido la inversión), o bien bajan (y con ellas se pierde el dinero invertido). Aunque el comportamiento de la bolsa era objetivamente impredecible (no había forma de predecir cuándo iba a subir o bajar), la decisión de los inversores en un momento dado podría basarse en dos fuentes de conocimiento:
a) El resultado de la anterior apuesta (cantidad de dinero ganada / perdida). Si un inversor ganó dinero en una apuesta, es probable que vuelva a apostar en la siguiente ocasión (o bien que evite apostar, llevado por la falacia del jugador).
b) El resultado que se habría obtenido en la anterior apuesta si la decisión correspondiente hubiese sido otra distinta a la que se tomó. Por ejemplo, pongamos que un inversor ha apostado 25 $ en la bolsa. Si las acciones subieron, entonces el inversor podría imaginar cuánto dinero habría ganado si hubiera apostado el máximo permitido (100 %). Alternativamente, si las acciones bajaron, el inversor también podría imaginar cuánto habría perdido si hubiese apostado todo su dinero.

En el primer caso estamos hablando de un resultado real, de lo que sucedió realmente en la anterior apuesta. En el segundo caso estamos hablando de un resultado que no ha ocurrido, que es imaginario, ficticio, pero posible: podría haber ocurrido. He ahí la diferencia.

Los investigadores intentaron predecir estadísticamente las decisiones de los jugadores a partir de estas dos fuentes de información. Su conclusión es que las apuestas de los participantes no fumadores podían predecirse significativamente, y con bastante precisión, basándose en la diferencia entre la cantidad que se podría haber ganado con la apuesta máxima (fuente de información b) menos la cantidad de dinero ganada realmente (fuente de información a). Los participantes fumadores, sin embargo, mostraron un patrón muy distinto. Sus apuestas pudieron predecirse solamente a partir de la cantidad de dinero ganada o perdida en la apuesta anterior, es decir, a partir de la fuente de información (a).
Esto significa que la conducta de los fumadores no estaba basada en la información ficticia, imaginada, sólo en las consecuencias que tuvieron lugar realmente. Por eso las apuestas de los fumadores mostraron ser menos eficientes desde este punto de vista (imagino que, de haber utilizado una tarea experimental con resultados predecibles por el participante, se habría visto claramente que las decisiones de los fumadores son peores, al ignorar una parte esencial de la información).

Examinando el cerebro
Hasta aquí el resultado conductual del experimento. Sin embargo, sigue surgiendo la duda que se señalaba al principio del post: si los fumadores no se basan en la información sobre los resultados alternativos que podrían haber ocurrido, ¿es porque no los pueden imaginar, o simplemente porque no los toman en cuenta? Ambas posibilidades son indistinguibles desde el punto de vista conductual (en este experimento), pero un análisis de neuroimagen basado en fMRI vino a darnos una respuesta.


Las técnicas de neuroimagen nos permiten conocer qué partes del cerebro están funcionando en un momento determinado al realizar una tarea. Al examinar las imágenes del cerebro de los participantes, se observó que en todos, fumadores y no fumadores, se activaba una zona llamada núcleo caudado. Y lo hacía en respuesta a la información imaginada (la diferencia entre lo que se podría haber ganado con la apuesta máxima y lo realmente ganado). Este área cerebral se ha demostrado con un papel relevante en el aprendizaje y la memoria, especialmente en situaciones en las que el cerebro está recibiendo información sobre el resultado de sus acciones.
El que no se encontrasen diferencias en la activación cerebral entre fumadores y no fumadores sugiere que los primeros sí son capaces de imaginar las consecuencias posibles de sus actos (igual que las personas no adictas), pero por alguna razón esta información no se utiliza después para guiar las decisiones. El artículo discute algunas implicaciones para las teorías de las adicciones, así que animo a leerlo a quien esté interesado.

Referencias
Chiu, P., Lohrenz, T., & Montague, P. (2008). Smokers' brains compute, but ignore, a fictive error signal in a sequential investment task Nature Neuroscience, 11 (4), 514-520 DOI: 10.1038/nn2067
Fuente de las imágenes: Wikipedia (distribuidas bajo licencia CC).

4 comentarios:

Héctor dijo...

Un apunte muy interesante Fernando.

Gilgamesh dijo...

Cómo me alegro de no haber empezado nunca a fumar, que es de esos hábitos tontos que se empiezan en la adolescencia, por parecer más guay (tan inteligente y meditado como eso), y luego, en la edad adulta, casi todos quieren dejar.
Lo mejor es cuando escucho a algún adulto, hecho y derecho, defendiendo su consumo a capa y espada ("yo fumo porque quiero") ¡y hasta en nombre de la libertad!
...No cuela. ¿Alguien dijo disonancia cognitiva?

En fin. Adicciones. A mí lo que me interesa realmente es el tipo de aprendizaje que va por debajo de los estados adictivos, me refiero a cómo los reforzadores (entre ellos la sustancia) empiezan a variar su poder reforzante para sostener el hábito en el tiempo. Es todo un reto desde el punto de vista de algunas teorías.

Lic. Natalia Schcolnik dijo...

Podría explicarse esta conducta desde un mecanismo llamado desmentida, que justamente es eso, conocer los datos de la realidad pero se decide ignorarlos, aunque la desición no es conciente.El criterio prevalente es la búsqueda del placer inmediato, tal como tú dices. Trabajo con tabaquistas y lo veo todo el tiempo.
BUen post!
Saludos desde el sur.

Anónimo dijo...

En Estado Unidos no se puede fumar en casi ninguna parte. ¿quieres decir que esos estudios realmente tienen credibilidad? ¿No será que al fumador le importaba un pito el experimento porque duraba horas y en realidad al fumador no le importaba un pepino ni bolsa ni el experimento y lo que queria es terminar para poder fumar?

Según este experimento un fumador crónico debería ser adicto a todo.