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Roles y la prisión de Stanford

¿Actuamos siempre igual o somos víctimas de las circunstancias? En la búsqueda del conocimiento sobre cómo las circunstancias nos afectan, se hizo una experimento muy llamativo. Tanto que se hizo una película del mismo. Un experimento que es toda una leyenda dentro de las facultades de psicología...


<---Segunda parte del texto --->

Bueno, mientras esperamos en vilo el siguiente post de Fernando, que promete ser muy interesante, voy a poner aquí un comentario sobre un experimento que estuvo rodeado de gran polémica en su día.
Me estoy refiriendo al experimento que llevaron a cabo en la prisión de Stanford. Se hizo en una cárcel "de mentira" que había debajo de la universidad.
Era un experimento para estudiar la influencia de los "roles" en el comportamiento. Un rol es un "papel social", por explicarlo de forma que se entienda bien. Es decir, que un padre, tiene el papel social de padre. Un marido/mujer tiene el papel de marido/mujer. Y en nuestra sociedad, eso significa cumplir con unos requisitos del guión. Por ejemplo, ser fiel con nuestr@ mujer/marido.
Según los diferentes papeles que desempeñemos en las diferentes situaciones, los demás esperarán que cumplamos en parte ese rol socialmente establecido. Así, nuestr@ mujer/marido esperará que seamos fieles con ella/él. En otras culturas, tal vez no lo esperen porque los roles son diferentes.
La cosa no es tan sencilla, tiene bastantes matices. Pero la idea general es esta.
Los investigadores que diseñaron este experimento querían ver hasta que punto los roles tienen influencia en nuestro comportamiento. Y a ellos les llamaba la atención los roles que se daban en las prisiones (guardas y prisioneros).
Así que lo que hicieron fue montar una prisión ficticia. Cogieron estudiantes de la universidad voluntarios para la actividad y tras estudiar que fueran personas clínicamente sanas, asignaron al azar la mitad al grupo de los presos y a la otra mitad al grupo de los guardias.
Los resultados y más detalles sobre el experimento aparecen bastante bien explicados en este video sobre el Experimento de la prisión de Stanford.
Lo cierto es que más que ser una prueba, es una historia para contar, ya que por razones morales no se ha vuelto a repetir. Así que no podemos saber hasta donde llega la influencia real de los roles. Pero lo cierto es que es bastante llamativo este experimento, y da que pensar.

La música que me gusta me define

Últimamente ando liadillo como pata de romano y por eso os he tenido bastante abandonados, todo culpa mía. Va siendo hora de recuperar el ritmo pero lo voy a hacer con algo ligerito.

Podemos averiguar muchas cosas sobre la personalidad de la gente a partir de sus gustos. En concreto, a partir de sus gustos musicales. Eso nos viene a contar el trabajo de Rentfrow y Gosling (2006): “Message in a Ballad: The role of music preferences in interpersonal perception”, colocado en la revista Psychological Science. Estos científicos formaron parejas de jóvenes voluntarios (tanto del mismo sexo como de sexos opuestos) y registraron sus conversaciones durante 6 semanas. Observaron que buena parte de ese tiempo lo acaparaba un tema en concreto (el 58% del tiempo dedicado a la conversación, frente a un 37% de un combinado de los otros temas), y no es el que todos hubiéramos imaginado en un primer momento, no señores: hablaban de música. Hagamos memoria: Seguro que casi todos vosotros recordáis haber mantenido una conversación sobre asuntos musicales en los últimos días. Esto llevó a los psicólogos a preguntarse qué tendría la música de especial para ser un tema preferente. Tal vez los gustos musicales nos aporten información esencial de una persona durante el proceso de conocimiento mutuo. Así que surgió la pregunta: ¿Qué nos dicen los gustos musicales acerca de la personalidad de otras personas? ¿Serán los gustos musicales una buena variable predictiva de la personalidad?

Y hecha la pregunta, vamos a buscar la pertinente respuesta. A los participantes del siguiente estudio se les pidió que confeccionaran una lista con sus 10 canciones favoritas. Después, otros participantes debían extrapolar rasgos de personalidad del oyente a partir de la lista. Las predicciones se compararon con un test estandarizado de personalidad, el cuestionario de los 5 rasgos (BFQ). Este test clasifica a las personas en función de sus valores en 5 rasgos o dimensiones principales (extraversión, neuroticismo, apertura a la experiencia, cordialidad y escrupulosidad), y es uno de los más utilizados en el campo de la personalidad.
Pues bien, los investigadores hallaron un grado de acuerdo notable entre ambos tipos de predicciones, las del test estandarizado y las que estaban basadas en las preferencias musicales. En concreto, el rasgo de la apertura a la experiencia estuvo muy bien representado por medio de las canciones elegidas (seguido por la extraversión y el neuroticismo). Por dar algunas pistas: Los temas vocales, cantados, sugieren una personalidad extravertida, la música country indica estabilidad emocional y el jazz suele ser asociado con personas intelectuales. Este último punto me llama la atención puesto que hace poco se ha comprobado que los niños superdotados (al menos en UK) prefieren el heavy metal a cualquier otra música. Y de eso sí que me congratulo. Up the irons!!

En Psyblog os cuentan más cosas sobre este tema de la personalidad y la música, que es de ahí de donde he sacado casi toda la información (original en inglés). Pasaos por la web y me contaréis.

Bilingüismo: ¿una forma de personalidad múltiple? :-P

Blogging on Peer-Reviewed ResearchVaya, vaya. No podía haberme quedado más sensacionalista el título de este post. Ya sabéis, sólo lo hago por pura estrategia de márketing, para enganchar a los despistados que pasen por aquí y me lean, así de malo soy. En realidad, lo que voy a contar no tiene nada que ver con los trastornos de personalidad (¡o eso espero!).

Llevo un par de semanas queriendo contaros esta historia pero no he sacado tiempo, así que no es precisamente una noticia fresca. En cualquier caso, no deja de ser interesante. Resulta que muchos bilingües dicen sentirse personas diferentes según cuál de los dos idiomas estén utilizando en ese momento, algo que parece una tontería pero que puede que no lo sea tanto. Nairán Ramírez-Esparza y sus compañeros de la Universidad de Texas han trabajado en el asunto. Aún no está disponible el artículo en cuestión, pero abajo os dejo la referencia (en prensa), y aquí un enlace a un pequeño comentario de Lauren Aaronson en Psychology Today. El caso es que Ramírez-Esparza ha estudiado la personalidad de una muestra de 225 bilingües (español + inglés) en EE.UU. y México, a través de una serie de preguntas formuladas (y respondidas) en uno y otro idioma. Eran preguntas del tipo “¿es usted ordenado?” o “¿se siente cómodo hablando con desconocidos?” . Pronto aparecieron algunas divergencias muy curiosas: los sujetos se mostraban más seguros, responsables, organizados y extravertidos cuando respondían en inglés que cuando respondían en español. Es decir, los bilingües mostraron personalidades distintas dependiendo que qué lengua estuviesen empleando en ese momento. Al parecer, las respuestas que estos participantes daban en inglés tendían a mostrar una imagen de asertividad, de seguridad y de competencia. Como dice Aaronson, “…these traits fit with the individualist ideals of the United States, as opposed to the group-oriented culture of Mexico”. O sea, que al usar el inglés, los bilingües dejan aflorar su lado más “norteamericano”, vaya.
La conclusión más interesante, para que reparéis en ella, es que la personalidad parece tener una naturaleza contextual, que no es algo estático sino que puede ser dinámico en función de, al menos, algunas variables. Una misma persona puede cambiar “de una personalidad a otra” (así, diciéndolo a lo bruto, ¿eh?) para adaptarse a las circunstancias.

A mí este asunto me recuerda, además, y ya saliéndonos del campo de la psicología, que hasta hace poco EE.UU. marchaba velozmente en la dirección del bilingüismo y el multiculturalismo. Ahora, con leyes recientes, parece que todo eso, tristemente, se va a acabar.

De todas maneras es, cuando menos, un resultado curioso. ¿Qué os parece?

Ah, sí, la cita:
Ramírez-Esparza, N., Gosling, S. D., Benet-Martínez, V., Potter, J., & Pennebaker, J. W. (in press). Do bilinguals have two personalities? A special case of cultural frame switching. Journal of Research in Personality.

Aaron T. Beck, premiado

Me entero por Antieleia de que Aaron T. Beck, famoso entre otras cosas por sus trabajos sobre depresión, ha sido recompensado con el premio Lasker. Nos cuenta Emma Eckstein:
El Dr. Beck recibió el premio Lasker por ser el creador de la terapia cognitiva. El jurado que otorga el premio Lasker también mencionó que el Dr. Beck fijó un nuevo estandar para determinar la efectividad de las psicoterapias al probar sus métodos por medio de estudios clínicos con un rigor nunca antes aplicado a ningún tipo de terapia hablada, incluyendo el psicoanálisis freudiano.

Pues muy bien.

La adicción a Internet no existe

Por Helena Matute.

(Publicado originalmente en Divulc@t, ciencia y tecnología, 2001).

Cada vez hay más clínicas virtuales que hacen sus buenos negocios tratando on-line la adicción a Internet. Y sin embargo, el uso excesivo de Internet no es adicción.


En nada se parece la famosa adicción a Internet a las adicciones que se describen en los manuales de psicología y psiquiatría. La adicción a Internet es esa necesidad imperiosa que tanta gente siente de conectarse a Internet nada más levantarse por la mañana. O sea, algo así como la adicción a leer el periódico, pues también hay mucha gente que necesita leer el periódico mientras desayuna y no le gusta nada quedarse un día sin periódico. ¿Que a algunos les quita mucho tiempo? Claro, pero las adicciones no se definen por el tiempo que nos ocupan. También ver la televisión o leer el periódico quita tiempo a la gente y sin embargo nadie es adicto al periódico o a la televisión. La nicotina, en cambio, es adictiva y no nos quita tiempo.

La adicción a Internet no figura en el DSM IV, el manual más utilizado para el diagnóstico de desórdenes mentales, editado por la Asociación Americana de Psiquiatría, y tampoco ha sido aceptada por la Asociación Americana de Psicología. Los defensores de su existencia se escudan en que la red Internet es aún muy nueva y por eso no ha sido aún aceptada la existencia de esta adicción por las principales asociaciones profesionales.

Adicciones químicas
Lo comparan con la adicción al juego, al sexo, a las compras, llamándolas a todas ellas, de manera colectiva, "adicciones no químicas". Sin embargo, el DSM IV no considera ninguna adicción no química: las adicciones se definen según la sustancia que las causa. Los comportamientos compulsivos han existido siempre, pero pertenecen a una categoría diagnóstica muy distinta.

El término "adicción a Internet" fue originalmente una broma de esas que acaban dando la vuelta al mundo varias veces por correo electrónico. En un foro de profesionales de la salud mental, Ivan Goldberg intentaba hacer una parodia del DSM IV. En el mensaje afirmaba Goldberg irónicamente haber descubierto un nuevo síndrome, el "Síndrome de adicción a Internet", y proponía crear nada menos que el primer cibergrupo de ciberadictos anónimos. Algo así como la primera asociación de alcohólicos anónimos que se reúne tomando copas en un bar. Casi nada.

Esto ocurría en 1995 y lo triste es que hubo mucha gente que se lo creyó; o que no leyó el mensaje despacio antes de reenviarlo a sus amistades; o que, sencillamente, no tuvo interés en aclarar el malentendido que empezaba a extenderse, quizá para así dar cobertura a la alarma sobre el nuevo síndrome de adicción a Internet. Incluso quizá, algunos, para poder sentar las bases de un nuevo negocio bien rentable: el del tratamiento on-line de la adicción a Internet. Afortunadamente todavía puede consultarse el mensaje de Goldberg en las secciones de humor de algunas universidades.

Existen muchas clínicas virtuales que hacen sus buenos negocios tratando este síndrome, pero no me pidan que les de esas direcciones. Cada vez hay más noticias, en todos los medios de comunicación, en cualquier programa de radio, en cualquier página web, que dan por probada la existencia de la adicción a Internet y dan direcciones de clínicas virtuales donde tratar el síndrome sin dejar de usar Internet. Después, la gente acude a las ciberclínicas, y si de verdad tenían algún problema, difícilmente será resuelto. Sencillamente porque está mal diagnosticado.


Utilización excesiva, no adictiva
Pero si no existe la adicción a Internet, ¿qué hay, entonces, de esas personas que pasan tantas horas enganchadas y tienen tanta dificultad para desconectar? Sí, podemos hablar, claro está, de personas que utilizan Internet de manera excesiva; y también de personas que ven la televisión en exceso, y de personas que hacen más deporte de lo normal, incluso de personas que leen más de lo normal para nuestro modo de vida. ¿Vamos a llamarlas adictas a todas ellas? Es absurdo.

Para empezar, no sabemos todavía qué es normal, dice el doctor Leonard Holmes, que se pregunta cómo pueden algunos estar hablando de utilización patológica de Internet si ni siquiera sabemos todavía qué es un uso "normal" de Internet. Convendría también preguntarse, como hace el doctor Grohol, qué será normal dentro de unos pocos años, cuando ya todos podamos pasar en Internet el mismo tiempo que ahora pasamos viendo la televisión. ¿Se dan cuenta de que si seguimos así, cuando todos pasemos en Internet el mismo tiempo que pasamos ahora viendo la televisión, todos los desórdenes mentales que ya existen podrán acabar siendo atribuidos a la adicción a Internet?

Es cierto que dedicar muchas horas a una actividad se ha de traducir, por fuerza, en una disminución de las horas que dedicamos a otras actividades. Y esto a veces puede causar problemas. El estudiante que pasa demasiadas horas leyendo lo que le apetece en vez de los libros de texto acabará teniendo problemas en sus estudios, al igual que el que pase muchas horas por ahí con los amigos, o haciendo deporte, o charlando con gente en Internet. Y puede que no solo tenga problemas en los estudios, sino que a lo mejor también puede llegar a tener problemas con su familia y amigos si su actividad preferida acaba convirtiéndose en un obstáculo para estar con ellos. Pero lo que conviene dejar claro es que ni Internet, ni el deporte, ni los libros, ni los amigos son adictivos. Internet es solo una tecnología de comunicación humana. Y los amigos, los libros, el deporte... bueno, ya saben ustedes lo que son.


Distribuir mejor el tiempo
El problema, en todo caso, será que ese estudiante de nuestro ejemplo no está dedicando el tiempo necesario a otros aspectos de su vida que también son importantes, y por tanto, tendrá que aprender a distribuir mejor su tiempo si le interesa conservar también esas otras cosas. Pero un diagnóstico como ese no se parece en nada a un diagnóstico de adicción. Y su tratamiento también deberá ser muy distinto.

Quizá un tratamiento para mejorar los hábitos de estudio sea lo único que necesita ese estudiante. O quizá no, quizá necesite mejorar algún aspecto de su personalidad, quizá una simple timidez que le impide relacionarse de otra forma con la gente. Quién sabe. Eso tendrá que determinarlo un profesional tras un diagnóstico individualizado. Lo único que está claro es que si seguimos metiendo en el saco de la adicción a Internet todos los problemas psicológicos que vayan apareciendo en la gente que utiliza la red, no haremos sino volver a la época en la que todo se explicaba acudiendo al mismísimo complejo de Edipo.

Enlaces
DeAngelis, T.: Is Internet addiction real? Monitor on Psychology, 31, 4.
Página de Grohol
Holmes, L.: What is "normal" Internet use?
El mensaje de Goldberg


Fuente original de este artículo:
Matute, H. (2001). La adicción a Internet no existe. Divulc@t: ciencia y tecnología, http://www.divulcat.com