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De acuerdo con la evidencia, no existe terapia para cambiar la orientación sexual

En 2007, la Asociación Americana de Psicología (APA; que es para que os hagáis una idea la autoridad en el campo de la psicología aplicada) creó una comisión a la que encargó un estudio acerca de la efectividad de los tratamientos disponibles para cambiar la orientación sexual. Recientemente las conclusiones definitivas del estudio se han hecho públicas: no hay evidencia suficiente, ni en calidad ni en cantidad, para afirmar que la orientación sexual pueda cambiarse por medio de ninguna terapia conocida.
Se ha lanzado un aviso en toda regla a los terapeutas para que, en lugar de esforzarse por cambiar la orientación sexual de sus clientes, encuentren la forma de hacer que éstos se acostumbren a su condición y sean felices con ella. Y también se ha alertado contra los peligros de todo tipo de tratamiento que considere a la homosexualidad como un trastorno o una enfermedad mental. Esta última manifestación por parte de la APA habrá sido bien acogida por al menos una parte del colectivo de homosexuales y transexuales.

El "efecto Johnny Depp": Una explicación evolucionista de la homosexualidad

El post de hoy es una traducción libre (algo limitada por mis conocimientos de inglés), y además con alguna nota de mi cosecha, de un artículo publicado recientemente por Aaron Goetz y Kayla Causey en "A Natural Hystory of the Modern Mind", que es un blog sobre psicología evolucionista que visito de vez en cuando. El caso es que me topé con la alusión a Johnny Depp en el título, y como buen admirador de las cualidades interpretativas y físicas (¡y decididamente envidioso de estas últimas!) de este actor, no podría negarme a compartir el siguiente texto con vosotros. Se trata de una reflexión en clave evolucionista sobre la homosexualidad, con referencia a algunos trabajos recientes, que considero bastante interesante para todos (lo cual no implica que lo comparta al 100%), y que por ejemplo nos da pistas acerca de misterios como por qué los gays suelen ser considerados hombres tan atractivos por las mujeres.
Ay, ¡lástima que el artículo no hable más sobre Johnny Depp...! :-P

Clásicos en el estudio de la sexualidad humana

El artículo de hoy trata sobre una bonita historia de amor entre la medicina y la psicología, de cuyo matrimonio nació el estudio científico de la sexualidad humana.

Sí, y es que nadie hasta entonces había hecho gran cosa sobre el estudio de las relaciones sexuales, salvo el graduado en biología y psicología Alfred C. Kinsey. Que por cierto, en 2004 hicieron una película sobre él. Bueno, algo también debió de hacer el padre del conductismo John B. Watson.
Pero parece que los estudios sobre la sexualidad humana no empezarían en serio hasta que se pusieron a ello el médico William Masters y la psicóloga Virginia Johnson. Eran matrimonio, él ginecólogo y ella psicóloga.
Lo que hicieron fue empezar a estudiar la actividad sexual humana de modo científico, estudiando la anatomía sexual, la conducta y los aspectos fisiológicos relacionados con la actividad sexual. Y así de este bonito matrimonio entre una psicóloga y un médico nació el estudio de la sexualidad. No es raro que haya especialidades en la medicina y en la psicología que traten por lo tanto dicho tema, aunque de modos diferentes.
¿Qué nos dejaron Masters & Johnson? Pues entre otras cosas la curva conocida por todos de la sexualidad, donde se describen las fases de la excitación sexual. Proponen 4 fases: excitación, meseta, orgasmo y resolución. Aquí se puede encontrar una gráfica ilustrativa de lo que ocurre.
Las respuestas de la mujer y la del hombre son diferentes. Empecemos por la del hombre que es la más sencilla.
La del hombre sería la gráfica que sale en el dibujo, pero sin la segunda parte (cogiendo la primera línea de bajada). Es decir, con un incremento de la excitación hasta llegar a la meseta, se tiene un orgasmo y luego viene la fase de resolución (con un periodo refractario).
Las mujeres dan tres respuestas diferentes. La primera de ellas consiste en un incremento de la excitación, sin meseta. O sea que va directamente al orgasmo. En esta forma de la curva, el orgasmo es largo e intenso. Esta curva no aparece en la gráfica. Sería como una montaña puntiaguda. La resolución en estos casos es también rápida.
La segunda forma de curva de la mujer es una meseta. Hay un incremento de la excitación hasta la meseta, pero no llega el orgasmo. Al final de una larga meseta, la excitación sexual desaparece (resolución). No aparece tampoco en la gráfica, pero sería como una meseta (en sentido de accidente del terreno).
Y la tercera forma de excitación de la mujer es la que aparece en la gráfica, pero en vez de hacer la primera bajada (que es la del hombre), cogiendo la segunda. Consiste en una fase de excitación, que va seguida de una fase de meseta y de orgasmo. La tercera forma de excitación de la mujer es similar a la del hombre pero con algunas diferencias. Una es que llega al orgasmo después que el hombre, ella suele ser más lenta. La otra, es que ella no tiene periodo refractario, así que puede tener más de un orgasmo antes de llegar a la resolución. Por eso es la segunda curva de bajada (que aparece también dibujada en la gráfica).
La mayor duración del ciclo corresponde con la excitación y la resolución. La meseta solamente dura algunos minutos y el orgasmo un minuto o menos (normalmente, pero por ejemplo hay una curva que no tiene meseta ).
Hay que tener en cuenta que hay variaciones de un individuo a otro, e incluso modificaciones por entrenamiento o influencias psicológicas.

Observad
Aquí solemos recomendar que la gente experimente por sí misma, que observe. Bueno, pues ya sabéis. Estad atentos de todo lo que pasa, que aprender ciencia siempre es bueno…

El sexo vende. ¿Seguro?

Blogging on Peer-Reviewed ResearchRompo por unos momentos mi concentración bajo el inclemente sol del sur para traeros otro articulillo, que ya era hora.

Ya era hora también de hablar de sexo, que mira que llevamos posts y no hemos dicho ni palabra. Leyendo el Psyblog, que no visitaba desde hacía tiempo, me he enterado de una investigación, no sé si realmente novedosa, que puede gustar a varios de nuestros lectores interesados en la publicidad y el marketing. ¿A que siempre habíamos creído que el sexo vende? Estás tan feliz viendo una película en tu casa, y en cuanto llegan esos interminables cortes publicitarios asistes a todo un despliegue de imágenes y sonidos de picantón contenido, a veces con un nivel de detalle sorprendente. Nunca habría imaginado que para venderme una cerveza tuvieran que ponerme una jovencita enseñando carne, por ejemplo, aunque es cierto que no me apresuraré a quejarme, ejem :-P
Pero no hay que olvidar que este tipo de prácticas publicitarias aparece siempre envuelta en la polémica, especialmente en la sociedad estadounidense, por mucho que algunos ya estemos acostumbrados y lo veamos natural si se respetan ciertos límites (como siempre, la palabra respeto es la clave).
La explicación habitual de los publicistas y entendidos en el asunto es que cualquier contenido sexual tiene la capacidad de atraer la atención del espectador facilitando, en último término, la venta del producto al que va asociado. Pero, ¿estamos ante una afirmación comprobada científicamente, o se trata sólo de una media verdad asumida popularmente?
Los investigadores Parker y Furnham (en prensa) se han propuesto testar la veracidad de esta creencia tan extendida. El diseño del experimento es sencillo, con cuatro condiciones:

Condición 1: Los participantes ven un episodio de una serie con contenido sexual (Sexo en NY, ya temblaba al pensar qué entenderían los estadounidenses por “contenido sexual”), en el que se insertan cortes publicitarios también de alto contenido sexual.
Condición 2: Los participantes ven un episodio de la misma serie con contenido sexual, pero en el que se insertan cortes publicitarios de bajo contenido sexual.
Condición 3: Esta vez el episodio que ven los participantes es de una serie sin contenido sexual (Malcolm, una comedia para todos los públicos), en el que se insertan anuncios de contenido altamente sexual.
Condición 4: Por último, estos participantes ven un mismo episodio de la misma serie sin contenido sexual, y unos cortes publicitarios de bajo contenido sexual.

Todo el juego consiste en ver cuándo se recuerdan mejor los anuncios, para comprobar si, efectivamente, el sexo ayuda a vender los productos a los que se asocia. Como detectaron los autores del estudio, en principio el contenido sexual de los anuncios no afecta a su facilidad de recuerdo. Por otro lado, y esto sí es interesante, la serie de contenido sexual producía un empeoramiento del recuerdo de cualquier anuncio que llevase insertado.
Ante este resultado se me ocurren varias explicaciones insatisfactorias, como por ejemplo que el contenido excitante del episodio atraiga la atención y la desvíe de la publicidad. Pero sin leer el paper (que no lo he leído) no me atrevo a hablar más.
Después de este estudio, creo que el caché de ciertas series televisivas va a experimentar algún cambio a la hora de contratar el espacio publicitario, ;-)

Referencias:
  • Parker, E., & Furnham, A. (in press). Does sex sell? The effect of sexual programme content on the recall of sexual and nonsexual advertisements. Applied Cognitive Psychology.
    La fuente inspiradora de este post la tenéis en Psyblog:
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