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Las urracas se miran en el espejo


La urraca, cuyo curioso nombre científico es Pica pica, es un ave de la familia de los Córvidos, siendo una de las más comunes en toda Europa, aunque también podemos encontrarla en Asia, el Norte de África y la Costa Oeste de Norteamérica. La subespecie que habita en la Península Ibérica es la Pica pica mauritanica.
Esta amplia distribución se debe en parte a su poca especialización alimenticia y su dieta omnívora basada en insectos (larvas y adultos de Coleóptera y Lepidóptera), pequeños mamíferos y roedores, lombrices de tierra (Lumbricus sp.), frutos y semillas, ya sean cultivados o silvestres (cereales, leguminosas, frutos secos, bayas, manzanas e higos), carroña, restos de alimentos en los desechos humanos, huevos, polluelos… y cualquier cosa que logren encontrar. No tienen muchos remilgos. Algunas de las costumbres alimenticias de la urraca, especialmente robar en los nidos de otras aves, incluyendo los de perdices, la hacen altamente impopular entre los cazadores haciendo que sea fuertemente perseguida en muchas zonas cinegéticas.

La memoria según Edelman

En alguna ocasión hemos tratado en este blog asuntos relacionados con la conciencia. Sobre todo hemos hablado acerca del autor Daniel C. Dennett. Hoy quería dar dos pinceladas para presentar la aportación del médico Gerald M. Edelman, que ha cobrado bastante fama en los últimos años. Pero sobre todo me interesa introduciros a la emocionante concepción de la memoria (un proceso muy relacionado con la conciencia) que se deriva de sus teorías.
Al exponer este asunto tendremos la oportunidad de repasar algunos aspectos básicos de la psicología cognitiva que a mí me parecen muy interesantes.
Aviso: este escrito va a ser un poco largo, como siempre que me meto en estos jardines tan complicados. Espero que no hacerme pesado. También como es habitual, estoy abierto a posibles correcciones de los entendidos en el tema que visitan la bitácora.

Memoria representacional: los problemas
Muchas de las teorías de la memoria se basan, al menos parcialmente, en la famosa metáfora del ordenador que causó furor a partir de la década de los sesenta. A grandes rasgos, una información es codificada en el sistema (de forma análoga, el ordenador “traduce” cualquier información en listas de ceros y unos). Después, es almacenada y posteriormente recuperada para descodificarse y utilizarse.
Hay teorías más estrictamente vinculadas a la metáfora del ordenador que otras, pero el caso es que, al menos en lo que corresponde al tipo de información que maneja el cerebro, se suele asumir que esa información es representacional. Es decir, se trata de una información “con contenido”, que viene a ser una copia o representación de la información original. Imaginemos que estamos viendo una escena, por ejemplo, un paisaje. La metáfora del ordenador, tal como suele formularse, parece invitar a pensar que los procesos cognitivos de la memoria operan con “copias” más o menos fidedignas de esa escena que se capturó por primera vez en la retina. De igual manera, en el disco duro de nuestro ordenador podemos conservar las fotos de nuestras vacaciones, que son representaciones codificadas en un críptico lenguaje de ceros y unos. Siempre que hagamos clic en el icono adecuado, la representación se descodificará y en nuestra pantalla aparecerá la misma imagen que tomó nuestra cámara de fotos.
Sólo con decir esto, ya saltan a la vista los primeros problemas. El más evidente tiene que ver con la capacidad limitada de almacenamiento. ¿Cuántas “imágenes” o representaciones de distintas imágenes, sonidos, sentimientos… están ahora mismo “grabadas” en el cerebro del lector? Seguramente la cifra asciende al orden del billón, en un cálculo cándidamente conservador. Además, para que realmente sean útiles esas memorias, debemos ser capaces de discriminarlas en base a factores a menudo muy sutiles. No es lo mismo una imagen de mi escritorio tomada esta mañana que la misma escena tomada ayer por la noche. Esto significa que la imagen se “guarda” con cierto detalle, pero también que la información no se “sobre-escribe”: un informático diría que cada fragmento de información se almacena de manera “ortogonal”, no solapada, con respecto al resto de informaciones. Aunque existieran mecanismos para optimizar el uso del espacio de almacenamiento, las características de los recuerdos que cualquier persona puede evocar sin dificultad multiplican drásticamente los requerimientos del sistema cognitivo al intentar traducir el proceso en términos de la metáfora informática. Me es muy difícil imaginar la cantidad de espacio necesaria para que un sistema que funciona de esta manera descrita fuese realmente eficiente. ¿Y todo eso en apenas un puñado de tejido nervioso? Sencillamente, “no cabe” toda esa cantidad de información en nuestro cerebro, claman los neurólogos. Y habrá que atender a su advertencia.
Con el conexionismo (y no sólo con él), llegaron nuevas maneras de entender los procesos de la memoria que nos ofrecen alguna pista. La primera cuestión que me interesa se refiere al acto mismo de la recuperación de una información adquirida en el pasado. Tal vez los recuerdos no se almacenan y recuperan como un archivo en un ordenador. A lo mejor lo que hacemos cuando recordamos no se parece a buscar un papel en un fichero más o menos desordenado, sino que es más como re-escribir ese mismo papel en una situación diferente, con unas condiciones diferentes (sírvame la comparación). Hay pruebas de que el acto de recordar es un proceso activo en el que la situación actual puede contaminar el resultado de forma llamativa (aquí vimos un ejemplo cuando hablamos de los esquemas, también está el asunto de las memorias falsas, etc.). Todo esto nos permite imaginar que es posible un tipo de memoria que no se limite a recuperar de un almacén las representaciones fidedignas de la información del pasado (memoria replicativa), sino que reconstruya el pasado en las condiciones actuales (memoria creativa). Esta no es, por cierto, una afirmación novedosa. ¿La ventaja? El evidente alivio en términos de almacenamiento.
Otro problema de la aproximación representacional tradicional, y de hecho el más grave, nos retrotrae a ese eterno y temido homúnculo de las primeras teorías de la percepción. Y es que para muchos autores no queda nada claro cómo una información cualquiera (por ejemplo, un estímulo visual captado en la retina) puede tener un significado determinado, y almacenarse en base a ese mismo significado. ¿Cómo se las arregla nuestro cerebro para interpretar una imagen ambigua, por tanto dependiente del contexto, que no es nada más que un grupo de manchas de luces y sombras de colores, y otorgarle un significado inequívoco (un árbol, un libro, mi madre, mi madre ayer por la mañana)? Para empezar, la señal que llega al cerebro no contiene ese tipo de informaciones. Llegado a este punto, parece que tirar por la senda representacional es como intentar responder a una pregunta difícil con más preguntas todavía más difíciles que la original. Lo mejor de todo es que la propuesta alternativa, una vez comprendida, resulta descansar sobre unos cimientos mucho más sencillos que la propuesta representacional tradicional.


Una representación gráfica del problema del homúnculo en la percepción (Fuente: Wikipedia)






Sistemas seleccionales y degenerados
Hasta aquí, no he contado nada de la propuesta de Edelman y los suyos. Ya comenté que me interesaba repasar algunos de los puntos básicos de la psicología cognitiva a este respecto (y acerca de los cuales espero posibles correcciones, por cierto). La verdadera aportación, y la verdadera elegancia, de la teoría de Edelman reside en la consideración de los procesos cerebrales conscientes como un fruto de la selección “darwiniana” de grupos de neuronas en un sistema “degenerado” (cuidadito con esta palabra, que no es lo que parece, aunque suene graciosa). Eso es la “teoría de la selección de grupos neuronales”, o TSGN. Dicho así, con esta frase tan rimbombante, podríamos pensar que es algo complicadísimo.

Pero resulta que todo tiene mucha lógica desde el punto de vista orgánico y anatómico. A fin de cuentas, Edelman se ha limitado, por lo que veo, a trasladar con bastante ingenio al campo de la neurociencia sus investigaciones sobre el sistema inmunológico, que le valieron todo un premio Nobel, así que no son poca cosa. A partir del ejemplo de los anticuerpos y las infecciones lo vamos a entender bastante bien (o eso espero):
Cuando cualquier agente patógeno penetra en nuestro cuerpo (piénsese en virus, bacterias, ese tipo de cosas), hay toda una revolución en nuestro sistema inmunológico. Las estrategias para hacer frente a la amenaza son variadas, desde las barreras físicas y químicas, a los macrófagos y los famosos linfocitos. La estrategia más específica para neutralizar al agresor es la de los anticuerpos. Los anticuerpos son moléculas, proteínas para más señas, con unas características particulares que les permiten “unirse” a la molécula invasora impidiendo su funcionamiento y facilitando su destrucción por parte de las células encargadas de la defensa. Ocurre que esta unión entre anticuerpo y molécula se parece a un sistema de “llave-cerradura”. Cada molécula “enemiga”, cada antígeno, es como una cerradura en la que sólo puede encajar una llave, un solo anticuerpo con una composición muy específica que probablemente no servirá para neutralizar otro antígeno distinto. Por esa razón tiene que haber anticuerpos de muchos tipos. Todas las moléculas de anticuerpos constan de una parte invariable, idéntica para todos ellos, y de una parte variable (la “llave”), que afortunadamente cambia de un anticuerpo a otro y puede tener muchas formas diferentes. Uno podría pensar que, ante un ataque enemigo, hay “alguien”, algo así como un “director de defensa”, que tendría que acceder a un completo catálogo de variantes de anticuerpos, hacer la búsqueda pertinente y ordenar la fabricación en masa de la variante de anticuerpo oportuna para hacer frente a la amenaza. ¿Nos suena esto a la descripción tradicional de los procesos de la memoria, como la búsqueda de información almacenada y su recuperación?
Pero el caso es que esto no sucede de esta manera. No hay ningún “alguien”, ninguna mente pensante controlando la defensa del organismo, ni siquiera una regla o un algoritmo predefinido que permita hacer la elección correcta en cada caso. El sistema inmunológico funciona mediante la selección, al estilo darwiniano. El antígeno es atacado por todo el repertorio variadísimo de anticuerpos disponibles, pero sólo los anticuerpos que se ajustan como una llave a estructura química del enemigo (los anticuerpos efectivos) son seleccionados para multiplicarse en masa por las células que los fabrican. Esta idea es la que Edelman ha adaptado al ámbito del cerebro. La ventaja principal de este enfoque es que no es necesaria, como hemos visto, ninguna entidad homuncular ni instrucción previa para que el sistema arranque y funcione. Todo sucede naturalmente en una población de individuos (en este caso una población de neuronas, o de sinapsis neuronales).

Antes de ejemplificar directamente la idea de selección neuronal, me detendré en la otra característica clave de los sistemas neuronales, según la TSGN. Ahora sí, me refiero a que se trata de un sistema degenerado. ¿Qué queremos decir con esto? Por simplificar las cosas: en la teoría de la información, un código degenerado es aquel en que varios elementos diferentes pueden tener un mismo significado, o sea, un código no completamente específico. Nuestro alfabeto en español, en el que cada vocal tiene asignado un sonido unívoco y diferente de las otras, es un código no degenerado. El sonido |a| siempre se representa con la misma grafía. Por el contrario, el código genético es un buen ejemplo de código degenerado. Distintas secuencias de ADN con combinaciones de las cuatro bases nitrogenadas A, C, G y T (adenina, citosina, guanina y timina) pueden conducir a la fabricación del mismo aminoácido, que es a fin de cuentas el resultado que importa. Aunque a simple vista no lo parezca, esta característica dota a este tipo de sistemas de un poder inaudito. Pensad qué ocurriría si, por cualquier razón, desapareciese del código genético una de las bases nitrogenadas. Al menos en teoría, sería posible fabricar las mismas proteínas con las tres bases restantes. Por otro lado, si un buen día desapareciese del diccionario en castellano la letra “a”, no tendríamos otro signo gráfico para representar el sonido vocálico que le correspondía (todo por ser un código no degenerado). Con esto ilustramos que un sistema degenerado es, en primer lugar, resistente a las lesiones. Los anticuerpos y su encaje de “llave-cerradura” con la molécula invasora son otro ejemplo de sistema degenerado, pues en principio sería posible fabricar distintas variedades de anticuerpo que tuvieran el mismo efecto neutralizante sobre el antígeno. Distintos caminos para llegar al mismo sitio. En este ejemplo la ventaja de usar un sistema degenerado se mide en unidades de tiempo. Cuantas más soluciones efectivas existan para un problema, más probable será dar con alguna de ellas lo antes posible.

La memoria según la TSGN
Y por fin, después de toda esta introducción farragosa, trasladamos estas reflexiones al campo de la memoria. Hemos comentado alguna de las limitaciones de los sistemas de memoria basados en representaciones. Pero, ¿cómo sería, entonces, una memoria no representacional, cuyos procesos no manejen informaciones con “contenido” o “significado”? Se trata de borrar toda necesidad de intervención de agentes “inteligentes”, homúnculos o reglas establecidas a priori que guíen los procesos de la memoria. Pues bien, los sistemas seleccionales, que se organizan mediante procesos de selección de individuos en una población (pensemos en la selección natural de los seres vivos, en la selección somática de los anticuerpos antes referida) tienen la propiedad de alcanzar soluciones adaptativas sin el concurso de estos agentes. Nadie establece a priori, mediante ninguna regla, el curso de la evolución biológica, igual que nadie guía inteligentemente la producción de anticuerpos. Simplemente, las soluciones “adaptativas” se seleccionan y prosperan de manera natural y espontánea. Tal vez la naturaleza de los procesos neuronales que tienen lugar en el aprendizaje no sea muy distinta a la de estos dos ejemplos (la selección natural de los organismos, la selección somática de los anticuerpos), sólo que esta vez la selección opera sobre poblaciones de sinapsis.

Cualquier estímulo que llega a nuestros sentidos produce cambios en el cerebro, al nivel de las sinapsis que unen las neuronas. Por medio de sustancias químicas llamadas neurotransmisores, una conexión entre dos neuronas puede fortalecerse o debilitarse. Ahora bien, sabiendo que el cerebro humano contiene millones de neuronas unidas entre sí mediante enlaces sinápticos, da vértigo sólo con imaginar la apabullante cantidad de patrones de activación posibles que pueden representarse en nuestro sistema nervioso en cualquier momento. Y que conste que, de todas formas, estoy simplificando mucho de cara a no hacerme demasiado críptico. Si nos presentan una fotografía de la torre Eiffel, la estimulación visual producirá un patrón de activación neuronal que podría ser reconocible mediante alguna técnica de obtención de neuroimagen como la RMNf. No todos los patrones de activación son posibles, por supuesto. Existen restricciones. Edelman habla de “valores”, características anatómicas, ambientales o circunstanciales que constriñen el universo posible de activación neuronal. Es lo mismo que pasa con la evolución biológica, un panda gigante podría desarrollar un pulgar oponible para asir las cañas de bambú, pero las características de sus patas delanteras le impiden tomar ese camino evolutivo en concreto, como nos recordaba el gran Gould. La analogía es apropiada en este caso.

Ahora demos un paso más y entendamos estos estados de activación neuronal como estados orientados a la acción. Porque de eso se trata, al fin y al cabo. Utilizo el término “acción” en su sentido más amplio, incluyendo tanto conductas motoras observables como procesos cognitivos inobservables: caminar hacia la puerta cuando la veo; asir un vaso de agua cuando tengo sed y me lo ponen delante; pronunciar la palabra “París” cuando me presentan esa fotografía de la torre Eiffel de la que hablaba antes. De todos los circuitos sinápticos que el cerebro es capaz de activar en un momento dado, aquellos que conducen a una acción adaptativa son seleccionados y se repetirán en el futuro, mediante el refuerzo de las sinapsis apropiadas. Cualquier situación en el futuro que haga más probable ese mismo estado de activación neuronal que se ha seleccionado (o uno parecido) facilitará la repetición de la acción realizada en el pasado. Si me enseñan de nuevo una foto de la torre Eiffel, la acción de pronunciar la palabra “París” será más probable, seguramente, que otras acciones alternativas. Esto, salvando las distancias, no me parece tan diferente de la visión conductista tradicional de autores como B. F. Skinner. Tanto mejor así.
Recordemos también que los sistemas seleccionales tienen la propiedad de la degeneración. Muchos circuitos neuronales distintos conducen a la misma acción, o a acciones parecidas. Eso podría explicar la variabilidad de la conducta que en un tiempo se le atragantó a algunas perspectivas conductistas “radicales”, y también nos da una idea, se me ocurre, de por qué algunas conductas son tan persistentes y resistentes a la extinción y al castigo. Por otro lado, la degeneración es una propiedad importante porque el cerebro, o el conjunto de sus poblaciones sinápticas, es un sistema dinámico, en constante cambio. El patrón que se selecciona hoy tendrá que repetirse la próxima vez en un contexto sináptico diferente, rodeado de conexiones que han cambiado. Si el sistema no estuviese degenerado, sería demasiado rígido para funcionar correctamente. Gracias a esta característica, la memoria es dinámica y flexible.


El médico y premio Nobel Gerald M. Edelman (Fuente: http://Infonautik.de)











En realidad, la propuesta de Edelman es bastante más compleja, incluye conceptos como los mapas globales y el proceso de reentrada (de importancia clave en todo esto), pero creo que este no tan breve resumen puede servir de introducción general. Lo importante, me parece a mí, es que todo esto que he relatado sucede sin que los patrones de activación tengan que haber sido clasificados en función de su “significado”, ni examinado por ningún homúnculo, y sin que haya tenido que guardar una fotografía thumbnail del horizonte parisino en mi limitado espacio de almacenamiento para luego buscarla como un bibliotecario. Los patrones de activación cerebrales no guardan ninguna relación de código con el estímulo (en este caso visual) que los ha activado, ni es posible “traducir” el estímulo al “lenguaje de los patrones de activación” (ya que no es un sistema representacional). Sencillamente, no funciona de esa manera, y la analogía con el ordenador debe quedar sabiamente guardada bajo la cama para aprovecharnos de nuevos enfoques. Esa es la moraleja que quería resaltar.

El glaciar
Y para terminar, describiré la metáfora que utilizan Edelman y Tononi para ilustrar su TSGN en uno de sus libros. Comparadla con la metáfora del ordenador que aún hoy se suele encontrar en los libros de texto.
La memoria, en el modelo de Edelman, es comparable a un glaciar cuyo deshielo alimenta un lago en el valle. El lago es una metáfora de la acción, el resultado final del proceso de memoria. Cada primavera, el glaciar se derrite y forma un riachuelo que discurre colina abajo hacia el valle.
La erosión del riachuelo en la ladera contribuye a fijar el camino por el que discurrirá el agua, igual que el entrenamiento contribuye a que un circuito neuronal con un resultado adaptativo vuelva a dispararse en ocasiones próximas.
Por otro lado, el riachuelo puede ser (y de hecho, es) diferente cada año. Esto se debe a los pequeños cambios en la superficie de la ladera, o en el caudal del propio riachuelo. Las condiciones ambientales relevantes son constantemente cambiantes. Igualmente, los circuitos neuronales que conducen a una misma acción son también variables, dadas las condiciones cambiantes en un sistema dinámico como el cerebro, pero, como apuntamos antes, eso no es un problema debido a la característica degeneración del mecanismo de selección neuronal.
Un enfriamiento repentino puede volver a congelar el glaciar y transformar la estructura de la parte alta de la montaña. Con el deshielo se formará otro riachuelo distinto, o varios, que conducirán al mismo lago. Podría ocurrir incluso que alguna vez la desviación de los ríos condujera el agua hasta otro punto diferente, formando otro lago. Con un mecanismo análogo, la variabilidad en la conducta (en las acciones) queda salvaguardada, explicando además lo que antes habríamos llamado “fallos de recuperación”: la información recordada tiene pérdidas de calidad. También así ilustramos el nuevo aprendizaje.

Lecturas recomendadas:
Edelman, G. M., y Tononi, G., (2002). El Universo de la conciencia. Barcelona: Crítica.
Edelman, G. M. (1992). Bright air, brilliant fire. NY: Basic Books.

“Dulces sueños”: lo que nos queda para comprender la conciencia.

Muy cortésmente, la gente de Katz Ediciones me obsequió hace un par de meses con un ejemplar de la obra de Daniel C. Dennett “Dulces sueños: Obstáculos filosóficos para una ciencia de la conciencia”. Debido a mi ajetreada agenda diaria, he tardado bastante en acabármelo y todavía más en atreverme a contaros algo en esta bitácora, pero creo que es lo justo dedicarle algún espacio a este libro.
Lo primero que quiero decir es que, como casi todos los libros de filosofía, o al menos los buenos libros de filosofía, me ha llevado a hacerme mil y una preguntas. Lo de responderlas ya es otro tema, claro. Pero al menos me ha motivado para que leyera cosas sobre la conciencia: he estado trabajándome a Searle (el de "la habitación china"), he descubierto a Glenberg, he releído a Nagel y al propio Dennett, y he visto con otros ojos a Damasio. También he descubierto algunos buenos sitios en Internet, como Conscious Entities. No sé si “Dulces Sueños” me habrá resuelto todas mis dudas sobre la conciencia, pero por lo menos ha conseguido que aumente mi interés y, si quiera indirectamente, mi conocimiento acerca de este asunto.

Dicho esto, vamos al turrón. Reconozco que Dennett es uno de mis autores predilectos. Los que no tenemos las neuronas muy ágiles agradecemos que todo un señor filósofo tenga una prosa accesible y diáfana. Además, se trata de un filósofo que entiende de veras lo que es la ciencia y se posiciona a su favor, de nuevo un punto que hay que reconocerle porque no es muy común en los de su gremio. No sé si estas dos circunstancias habrán contaminado mi influenciable opinión, pero confieso que mi postura en cuanto a la concepción de la mente y de la conciencia coincide bastante con las cosas que he leído a Dennett. Que, de hecho, coincide a su vez (más o menos) con lo que propone Damasio, así que supongo que no estoy tan solo.
Dennett tiene una provocativa visión de la conciencia y de la mente, radicalmente materialista (monista), lo cual saca de sus casillas a muchos. En todos sus escritos se encarga de defender esa postura de forma vehemente y muy comprensible para los no iniciados en eso de los debates filosóficos. Sus argumentos suelen basarse, al contrario que los de muchos colegas suyos, en los descubrimientos de la ciencia experimental, que por lo general entiende e interpreta de manera correcta pero creativa. Con eso podréis haceros una idea de lo que vais a encontrar si leéis un libro de Dennett. Por cierto, él es muy consciente de que su punto de vista puede ser desilusionante. A ello se refiere cuando habla de la “ingrata tarea de explicar la magia”. Pero eso no nos va a detener, claro.

En “Dulces Sueños”, mi filósofo justiciero favorito vuelve a enfrentarse a ese gran problema que es la explicación de la conciencia, recopilando algunas ideas antiguas ya presentes en su bibliografía (véase, por favor, “La Conciencia Explicada”, de 1991), y actualizándolas al calor de los nuevos experimentos neurológicos.
Cobra especial importancia el concepto de la “heterofenomenología” como una necesidad para estudiar la conciencia. Cuando pretendemos explicar y describir nuestras sensaciones subjetivas, nuestra primera intuición es que éstas son intransferibles e inefables, ¿cómo me explicaríais con palabras lo que sentís cuando experimentáis el color rojo? (o ya como decía Nagel, ¿qué se siente al ser un murciélago?). Por eso muchos filósofos y psicólogos adoptan un enfoque fenomenológico, en primera persona, a sabiendas de que nadie sino el propio sujeto puede acceder a esa valiosa información. En “Dulces Sueños”, Dennett defiende un enfoque en tercera persona (heterofenomenológico), más próximo al propio de las ciencias naturales. ¿Hasta qué punto está justificada esa creencia en que nuestras experiencias son únicas e inaccesibles para cualquier observador externo? ¿No podrían nuestras sensaciones “engañarnos”, echando por los suelos nuestro esfuerzo por describirlas en primera persona? Los qualia, las sensaciones y experiencias personales, singulares, son por lo tanto una de las primeras víctimas en este combate por llevar la perspectiva racional al estudio de la conciencia. Y lo digo porque, en las posturas teóricas de muchos filósofos, psicólogos, y también en las teorías más “informales” que sostenemos la mayoría de las personas, la irracionalidad está construyéndose probablemente un refugio al que no renunciará fácilmente.

Una última cosa que me ha divertido de este libro es el repetido recurso a las metáforas y los “experimentos mentales” más famosos en la literatura sobre conciencia. Nos habla sobre los zombies, sobre los robots, nos cuenta la historia de Mary, la científica que no podía ver los colores, e incluso lleva hasta el límite esta conocida historia (“Robomary”, “Mary del pantano”, etc.).

Pues nada más, os recomiendo que leáis a Dennett. Si no os convence, al menos os divertirá un rato (ah, y en ese caso, haced el favor de contarme dónde flaquea, lo agradeceré).

La materialidad de la conciencia

Alguna vez dije en este mismo blog que, al estudiar ciertos temas, nos metemos más en terrenos filosóficos que puramente psicológicos. Queriéndolo o no.
El asunto de la conciencia es uno de esos temas. Y aunque estoy convencido de que puede abordarse (y de hecho se aborda) científicamente, la visión filosófica del asunto no deja de ser interesante. Por eso hoy presentamos, por cortesía de Fernando G. Toledo, esta pequeña reflexión sobre la conciencia. A ver si nos hace pensar.

La materialidad de la conciencia

Por Fernando G. Toledo
Publicado originalmente en Razón Atea.

Una sola frase puede ser motivo de discordia. Por ejemplo: «La conciencia es producto de lo material». Aunque, ciertamente, ¿qué tiene de escandalosa esa afirmación? No mucho. Negarlo, en cambio, sería un mejor motivo para discutir. Y es que, sobre todo a partir del desarrollo de las ciencias neurológicas, la comprensión de la mente humana ha ido dilucidando muchos viejos enigmas. Y una de las hipótesis que ha desterrado es la de su «inmaterialidad». No basta decir que la cuestión no nos soprende a los materialistas (que llevamos una ventaja: podemos dar pruebas de lo que afirmamos), pero sí a los dualistas, que postulan la existencia de un alma espiritual y distinta del cuerpo físico. Toda discordia, se entiende, florece frente a un defensor del dualismo.
A un dualista la aserción va a parecerle, aun hoy, osada, hasta insultante. «¿Dónde están las pruebas de que la conciencia es algo material?», desafiará. Y pueden serle ofrecidas las pruebas: investigaciones que muestran cómo va dilucidándose el mapa mental, siguiendo trabajos que llevan por lo menos tres décadas, y que dan cuenta de que las ideas son producidas por el trabajo laborioso de nuestras neuronas. Nada fantasmal, nada que no salga de esa materialidad, subyace en esa abstracción que llamamos «conciencia». Pero a un dualista empedernido no le bastarán las pruebas puntuales, y no constituirá una excepción que contraataque con opiniones. Opiniones respetables, claro: las de John Eccles, neurólogo, creyente, y premio Nobel de Medicina en 1973. Eccles opinaba que había algo más, una especie de espíritu o alma que anida en nuestro cuerpo (¿cómo lo hará en algo material si no lo es?) engendra nuestras ideas. Las razones: que hay mucho que «no conocemos» de la conciencia. ¿Es eso una prueba? Claro que no. Lo que ignoramos es una exclusión, no una evidencia. Sin embargo, Eccles, y otros dualistas, parecen sostener su creencia («la conciencia es espiritual») en cualquier pequeña hendija sin cubrir por la neurobiología.
Por si fuera poco, Eccles supo ir más allá, y anunció alguna vez, pomposamente, que "la evolución no explica todo". Que ha de haber un diseñador trazando el camino de la vida y que, claro, la autoconciencia jamás será explicada materialmente. Una afirmación que a esta altura es tozuda, si ignora todas las explicaciones ya ofrecidas.
El desarrollo cerebral de la especie humana es nuestro logro evolutivo. Nuestro cuerpo no es ni tan fuerte, ni tan veloz, ni tan ágil, ni tan inmune. A cambio, el cerebro lo ha dotado de gran inteligencia y de autoconciencia. Esa autoconciencia tiene sus fallas: como se constituye en un puente entre el hombre y el mundo exterior, corre el riego de confundir al mundo con el puente, cuando no con el propio sujeto. En ese error (como si alguien confundiera la foto de una persona con la persona misma) se funda acaso el vicio de considerar a la conciencia algo que excede al cuerpo. Los nombres que suele tomar esa conciencia hipostasiada es «alma», «espíritu», «ánima». O «mente». Un concepto que convierte a ésta en una especie de forma sin su correspondiente figura.
Pero la ciencia ha develado el error: «considero a la mente inseparable del cerebro», ha sentenciado, por ejemplo, el experto F.J. Rubia, en El cerebro nos engaña. «La división de la realidad en antinomias, es decir, en términos contradictorios […] es fruto de la actividad de una parte del cerebro, a saber, del lóbulo pariental inferior, por lo que cabe suponer que la distinción entre cerebro y mente también es producto de esta estructura cerebral […] La inmensa mayoría de las actividades del cerebro se realiza ordenando el mundo en antinomias», ha dicho también, al respecto de la tendencia al dualismo (cuerpo-alma, cerebro-mente).
En nuestra corteza cerebral, allí donde se da cita una maraña de «cables» neuronales que transmiten pulsos eléctricos e intercambian su química, se produce lo que llamamos conciencia. No hay un alma inmortal que tengamos insuflada: todo es materia o energía.
«El contenido de información del cerebro humano expresado en bits es probablemente comparable al número total de conexiones entre las neuronas: unos cien billones (1014) de bits», ha ilustrado Carl Sagan en Cosmos. «Hay muchos valles en las montañas de la mente, circunvoluciones que aumentan mucho la superficie disponible en la corteza cerebral para almacenar información en un cráneo de tamaño limitado. La neuroquímica del cerebro es asombrosamente activa, son los circuitos de una máquina más maravillosa que todo lo que han inventado los hombres», ha explicado.
Christopher Koch, quien ha trabajado junto al eminente Francis Crick, autor del libro "La búsqueda científica del alma", ha sido contundente: «Es evidente que la conciencia nace de reacciones bioquímicas del cerebro».
¿Eso explica todo? Claro que sí. Y claro que no. Cuando la neurobiología avance hasta trazar el imponente mapa cerebral completo, la idea del alma o de alguna «conciencia espiritual» podrá quedar desterrada, aunque la cuestión puede adquirir todavía más riqueza. Y quejas dualistas: Michael Reiss, científico y religioso, ha dicho que afimar que la conciencia se reduce a procesos materiales equivale a «decir que una catedral es un conjunto de piedras y vidrios. Cierto, pero se trata de una constatación simplista». Tan simplista como su comparación, responderíamos, puesto que si ignorásemos que una catedral se compone de ladrillos y cruces, sería un error darle a su estructura otra composición. La neurobiología no dice que las plegarias y los fieles están hechos de ladrillos, pues eso sería como decir que el templo está fabricado con avemarías. Lo que se afirma, nada más y nada menos, es que las ideas se forman en el cerebro. La conciencia. Eso que antes llamábamos alma.
Las discusiones en este punto podrían continuar, pero hay un punto inevitable: la ciencia ofrece sus evidencias y la posibilidad de corrobar sus afirmaciones (por ejemplo, que una persona puede cambiar de personalidad con drogas que afecten su química cerebral). La teología nos debe hace siglos la validez de sus asertos.
Así, menudo inconveniente comporta la materialidad de la conciencia para las religiones. Es como una espada que cuelga sobre su cuello. Como ilustra Gonzalo Puente Ojea: «Un dios sin almas es como un pastor sin ovejas». Si todo es material, si no existe el mentado mundo espiritual, no hay trascendencia entonces. Es decir, no hay alma y, luego: ¿hay un Dios? ¿Será el dios deísta o el motor inmóvil aristotélico, que no conoce al mundo ni al hombre? Aun así, como no hay almas, las religiones están en problemas.

Actualizado 12-11-06 a las 22:36
Se han corregido, por indicación del autor, algunos gazapos en el texto.

Elefantes y espejos

Animales inteligentes los hay muchos, seguro. Cualquiera que tenga perro pensará que su mascota sabe más que un maestro de latín, pero en esta bitácora también hemos hablado de ratas que averiguan cosas alucinantes sobre la textura causal de su ambiente, de moscas con capacidad de aprender cosas, del nombre de los delfines, de pájaros con una memoria prodigiosa... Por cierto, que ciertas aves no sólo tienen buena memoria, también han demostrado ser más listas que el hambre desenvolviéndose en ciertos experimentos, incluso en el manejo -¡y la fabricación!- de herramientas, y si no que se lo pregunten al investigador que lidió con Betty, la hembra de cuervo de este experimento (otro link a una noticia más breve).

Ciertamente, hay capacidades intelectuales relativamente avanzadas que no son patrimonio exclusivo de nuestra especie y de sus parientes cercanos. Incluso yo diría más: es realmente interesante, y hasta excitante, si me permitís el ramalazo evo-friki, comprobar cómo animales filogenéticamente lejanos de nosotros demuestran sus habilidades cognitivas. Si son muy parecidas a las nuestras, porque nos revelan una historia de la evolución animal en la que encajamos como una rama más, y en la que muchas de nuestras características tan apreciadas empezaron a modelarse por la selección natural cientos de millones de años antes de que el primer hombre pusiera un pie en la tierra. Y si esas habilidades cognitivas son muy diferentes de las nuestras, también es importante su estudio porque nos demuestran que no hay destinos ni caminos prefijados en la evolución, que no somos, por usar una metáfora reposteril, la guinda de ningún pastel. La imagen del arbusto con innumerables, indistinguibles ramas, se sigue ajustando más a la realidad, y Gilgamesh se maravilla con su contemplación.
Por todo esto me apasiona el tema de la inteligencia animal. Pero convengamos que existe un club algo más restringido que el de los animales inteligentes. Es el de los seres “autoconscientes”. Usando una definición de andar por casa que seguro me valdrá alguna (bienvenida) corrección, podría decir que la autoconsciencia es la capacidad de construirse un yo, de conocer la existencia de uno mismo como un individuo en el mundo, diferente del entorno que lo rodea (¿así queda más o menos bien?). Pasado el mal trago de la definición, añadiré que una forma habitual de averiguar si un animal tiene esta capacidad es tan sencilla como pintarle unas marcas de colores en el cuerpo y sentarle frente a un espejo: un ser autoconsciente reconocerá su propia imagen y descubrirá las manchas, que presumiblemente despertarán su curiosidad.
Decía que hasta ahora los seres autoconscientes éramos más bien poquitos: estamos los seres humanos, los grandes simios (los chimpancés, los gorilas, los algo más simples orangutanes, pero probablemente no los demás monos), los delfines y algún que otro ingenio robótico XD
Me entero, gracias a Paleofreak, que a este club tan exclusivo vamos a tener que añadir a los elefantes asiáticos. En este artículo de Javier Sampedro nos ponen al corriente. Los científicos tuvieron la ocurrencia de poner un espejo en la jaula de los elefantes (el espejo, necesariamente, tuvo que ser “tamaño elefante”). La reacción de los paquidermos fue, como cuenta el artículo, la que se esperaría en un bebé humano: mostraron mucha curiosidad, le dieron la vuelta para ver qué había detrás, y todas esas cosas que tanta gracia nos harían en un video de primera. Pero el dato revelador llegó cuando los investigadores pintaron un círculo en la frente de los elefantes. Nada más contemplarse en el espejo, la trompa del elefante iba derecha hacia la mancha, demostrando que el animal se estaba reconociendo en la imagen.
Como buen evo-friki, que ya lo dije antes, no dejo de maravillarme con los prodigios de la naturaleza.

Por cierto, esta vez no os vais a quejar de escasez de enlaces, ¿eh?

EDITO: Añado este otro link con la historia de los elefantes, que me lo ha pasado el señor Pineño. Quiera o no, este señor sigue aportando cosas en Psicoteca ;-)

EDITO una vez más: En esta dirección (en inglés) tenéis los enlaces a tres vídeos de los elefantes jugando con los espejos. Por si os interesa.

Daniel Dennett y los tipos de mentes: Un intento de comprender la conciencia

Por Fernando Blanco.
(Publicado originalmente en Psicoteca, 2004).

El estudio de la mente humana ha intrigado a los filósofos tanto como a los psicólogos (que somos sus sucesores), aunque ahora estos últimos hayamos acogido el enfoque científico en nuestras investigaciones. Supongo que una vez que consideras a la mente como un objeto de la naturaleza, lo mismo que un ser vivo o un órgano, es cuestión de tiempo el que uno acabe adoptando el método de estudio más característico de los objetos naturales, la ciencia.
Sin embargo, en muchas cuestiones, y en las verdaderamente complejas y que más dolores de cabeza nos provocan, como la comprensión de la conciencia, los filósofos siguen colaborando de una manera valiosa. Si fuera cierto, como reconoce Dennett, que los de su gremio tienden a plantear más preguntas de las que resuelven, pienso también que, en cualquier caso, son esas preguntas cada vez mejor formuladas las que nos llevan a las reflexiones necesarias para avanzar en el conocimiento.
Pero debemos ser justos: Daniel Dennett tampoco es cualquier tipo de filósofo. Su comprensión y conocimiento de las teorías científicas lo convierten en un hábil pensador capaz de abordar temas tan controvertidos como el lenguaje, la cognición, la inteligencia artificial o la evolución biológica, con la solvencia necesaria para convencer o al menos interesar a muchos científicos de alto nivel, como por ejemplo a mi admirado J. L. Arsuaga en Amalur (2002).


En su libro Tipos de mentes, Dennett demuestra valentía al atreverse con el tema de la conciencia, que es uno de los monstruos de aspecto más amenazador a los que podemos enfrentarnos tanto los psicólogos como los filósofos y los neurólogos. Así, nos describe los problemas que encontramos al intentar trazar la línea entre los seres "con mente" y los seres "sin mente". ¿Dónde está la frontera? ¿Puede "pensar" una flor? ¿Una bacteria? ¿Por qué tenemos tan claro que nuestro perrito Tobby sí puede? Sucede que uno puede estar o no de acuerdo con las tesis de este filósofo, pero no cabe duda de que nos pueden llevar a todos a un debate muy enriquecedor y quizá incluso productivo. ¿Quién sabe?
En primer lugar, conviene ser realistas aunque eso suponga llevarnos una pequeña desilusión: parece que queda fuera de nuestro alcance conocer la mente de un ser incapaz de comunicarse con nosotros. Incluso el concluir si tiene mente o no parece un problema irresoluble. No es sólo que estemos ante un área difícil de explorar, sino que, según Dennett, puede ser sistemáticamente incognoscible: habríamos topado con un límite de nuestra propia capacidad de conocimiento del universo y lo más inteligente sería asumirlo como tal. Así pues, es probable que nunca lleguemos a saber si un pez está pensando cuando nada en su acuario, o si un chimpancé medita alguno de sus actos, por inteligentes que éstos nos parezcan.
Puede que de todas formas haya distintas formas de "pensar". Nosotros, los seres humanos, tenemos bien claro que podemos reflexionar sobre nuestras acciones. Hacemos cosas, como caminar o alimentarnos, pero también somos capaces de subir un escalón más: podemos pensar y meditar acerca de nuestro acto de caminar o de ingerir alimentos. Desde nuestra posición nos parece poco probable que otros seres vivos puedan llevar a cabo una operación análoga (además, como ya se ha dicho, seguramente es imposible comprobar si esa operación tiene lugar). Una buena parte de los seres vivos serían entonces meros autómatas, que realizarían acciones a veces aparentemente muy inteligentes pero sin advertir que lo están haciendo, ni por qué (a ellos les basta con el saber cómo se hace determinada cosa).
Tómese un ejemplo cualquiera, como el ingenioso diseño hexagonal de las celdas que forman el panal en las colmenas de la abeja común, ese que tanto asombró a Darwin en "El Origen de las especies" (1859). A pocos de nosotros, con la excepción de los ingenieros y matemáticos, se nos ocurriría una forma similar de conjugar el aprovechamiento máximo del espacio con la capacidad de almacenamiento y el ahorro de material. Incluso el propio Darwin tuvo que consultar el asunto con un conocido matemático, para poder advertir la maravilla de ingeniería que habitaba en cada colmena. ¿Son las abejas una especie de "ingenieros diminutos", capaces de proyectar obras de diseño asombroso? ¿Contiene el pequeño cerebro de toda abeja el conocimiento que a un arquitecto le lleva años adquirir con gran esfuerzo? Ciertamente, esto se nos hace difícil de creer. Parece más bien que las abejas están dotadas de los mecanismos mínimos para realizar la obra (el "saber cómo"), siendo innecesarios otros conocimientos, o la mera capacidad de reflexión acerca de lo que están haciendo. La calificación de autómatas, o robots naturales, les viene pues que ni pintada a las ajetreadas obreras.
Podemos simplificar el ejemplo todavía más, e incluso remitirnos a entes que no están estrictamente vivos. Algunas macromoléculas exhiben comportamientos que suelen representarse con la metáfora de la "llave y la cerradura": una enzima, por ejemplo, es una proteína que está flotando pasivamente, no hace nada, hasta que por casualidad se topa con otra molécula específica (la cerradura en la que encaja su llave) y entonces realiza una determinada acción con ella (por ejemplo, en nuestro sistema digestivo podemos encontrar enzimas que "trocean" las moléculas que ingerimos en piezas más pequeñas). Por supuesto, aunque estas macromoléculas, al igual que las abejas, realicen acciones (es decir, tengan algún tipo de conducta, aun entendida ésta en un sentido amplio), es muy dudoso que sean sujetos racionales, que sólo actúan después de haber deliberado conscientemente los pros y contras de su acción.¡Ni siquiera son entes vivos!
Como recuerda Dennett, todos los seres vivos descendemos de las moléculas que un día, hace miles de millones de años, comenzaron a autorreplicarse, iniciando con ello el proceso de selección natural (véase El gen egoísta, de R. Dawkins, 1993). Usando las mismas palabras del filósofo, "¡nuestra tatara... tatara... tatarabuela fue un robot!" (Dennett, 1996).
Lo más curioso no es que descendamos de estos agentes automatizados, sino que de hecho estamos compuestos de cientos de miles de pequeños robots. Todo nuestro cuerpo (incluyendo nuestro cerebro, claro) no es más que una maquinaria hecha a partir de moléculas "estúpidas" que llevan a cabo todas las tareas que nos permiten sobrevivir tal y como lo entendemos. Nadie ha tenido que decirle a la hemoglobina en qué consiste su tarea, o cual es su finalidad última. Una vez más, Dennett emplea una buena metáfora para ilustrar la cuestión, al utilizar como ejemplo las novelas de espías, donde cada agente está supeditado a su organización secreta o servicio de inteligencia, y recibe sólo la información justa que requiere para llevar a cabo su tarea. No necesita saber para qué requieren sus servicios, le basta con saber cómo cumplir su misión. Es un principio lógico de seguridad y economía (no debe darse a ningún agente más información de la estrictamente necesaria), que en este caso ejemplifica nuestro propio sistema de organización. Para Dennett todos esos conocimientos que almacenan nuestros órganos, o las moléculas que los forman, podrían entenderse como unas "protomentes", previas a lo que nosotros llamaríamos una mente "auténtica", que contienen información (el cómo hacer determinadas cosas, pero no el por qué). Aun así no deja de sorprenderme el que una horda innumerable de robots con distintas funciones puedan conformar un ente pensante y con conciencia como un ser humano.

En uno de los capítulos más interesantes de su libro, Dennett se propone clasificar sistemáticamente los distintos tipos de diseño que ha generado la naturaleza para hacer frente a esa tarea que debe cumplir toda mente, la de "construir futuro". De este modo, los organiza en una "torre de la generación y la prueba" de complejidad creciente. Conforme ascendamos por sus pisos encontraremos mejores soluciones a ese problema, los organismos encontrarán los mejores movimientos de manera más satisfactoria. Vamos, pues, a comenzar nuestra ascensión desde la planta baja de la torre:
Las criaturas darwinianas son los organismos más sencillos desde el punto de vista del comportamiento. Su gama de conductas se reduce a un abanico poco variado y extremadamente rígido, grabado en los genes del individuo. Volviendo a la metáfora de la llave y la cerradura, ante un problema determinado (una cerradura), cada criatura darwiniana dispone de una llave (una conducta innata, obtenida mediante la herencia). Claro está, la llave puede ser la correcta o no, y esa diferencia decide la proliferación de unos individuos y la reducción del número de otros, los de las llaves "defectuosas", mediante el proceso de la selección natural. Es esa selección natural la que va puliendo la conducta de las criaturas darwinianas (meros autómatas, como las macromoléculas o los seres unicelulares) a través de las generaciones, al escoger para la supervivencia a los portadores de los comportamientos mejor adaptados.
El segundo piso de la torre lo constituyen las criaturas skinnerianas, llamadas así en honor al psicólogo conductista norteamericano B. F. Skinner. Las criaturas skinnerianas presentan la novedad de poseer cierta plasticidad en su comportamiento. Ante un problema dado, pueden ir probando a ciegas las distintas variantes de conducta que son capaces de generar (es como disponer de un juego de llaves e ir introduciendo una tras otra en la cerradura), hasta que por casualidad dan con una que funciona y dispara el efecto deseado. Esto por sí sólo ya constituye cierta ventaja, pero es que además las criaturas skinnerianas cuentan con un sistema de refuerzo que hace que las conductas "correctas" aumenten su probabilidad en el futuro. Es decir, que la próxima vez que se enfrenten a la misma cerradura, podrán utilizar la llave correcta a la primera, sin tener que probar con todas las demás. Eso es una forma de aprendizaje. Los psicólogos siempre han hecho notar la interesante analogía entre el proceso de aprendizaje relatado por los conductistas y la selección natural, en tanto que ambos son mecanismos que operan sobre una materia prima (las distintas conductas o los genes) necesariamente variable, y seleccionan aquellos elementos más adaptativos para la supervivencia del ente. Parece ser que la mayoría de los animales son capaces de aprender en estos términos, es decir, que pueden modificar su pauta de comportamiento en función de la historia pasada y el entorno.
El aprendizaje que observamos en una criatura skinneriana no deja de ser útil pero tiene un riesgo evidente, y es que dado que el proceso de prueba y error es ciego, uno de los primeros errores que cometa puede matarla sin más. Necesitamos mayor refinamiento. Una buena forma de evitar ese peligro es realizar una selección previa de las posibles conductas, para descartar aquellas que claramente conduzcan al fracaso. Y esto es precisamente lo que hacen las criaturas popperianas (Dennett las llama así en honor al filósofo Karl Popper), permitir que sus hipótesis mueran en lugar de morir ellas mismas. Es como si las llaves fuesen probándose no en el espacio real, sino en uno imaginado.
¿Cómo tiene lugar el proceso? Toda preselección es en realidad un filtro, en este caso, se trata de un entorno interno seguro en el cual se pueden llevar a cabo algunas pruebas sin miedo a sufrir daños. Ese entorno seguro, para ser útil, debe contener información relevante acerca del mundo, pero no necesita ser una "réplica" exacta del mundo, con todo lujo de detalles.
Aunque es difícil poner a prueba este tipo de cuestiones, parece que todos los vertebrados y la gran mayoría de los invertebrados somos capaces de llegar a este piso de la torre (contenemos, pues, los tres tipos de mente que hemos visto). Pero aún queda un último paso que dar para encontrarnos con un diseño revolucionario que nos ayudará a comprender cómo actuamos los seres humanos.
Nos encontramos sin duda ante el piso más controvertido y llamativo de toda la torre de Dennett. Las criaturas gregorianas toman su nombre de Richard Gregory, psicólogo que advirtió la importancia de lo que él llama inteligencia potencial. Según Gregory, una herramienta, como un hacha o unas tijeras, no sólo es un fruto de la inteligencia de su creador, sino que constituye una fuente de inteligencia adicional para aquel que la usa. Cuando le damos unas tijeras a alguien, multiplicamos su capacidad de hacer movimientos inteligentes (aumentamos su inteligencia potencial). Cuanta más inteligencia haya en el diseño de una herramienta, mayor será la inteligencia potencial confiada a su usuario (un hacha sencilla y tosca no es el tipo de herramienta más adecuada para cortar el papel, pero las tijeras, con un diseño más inteligentemente dirigido a ese cometido concreto, permitirán a su usuario mayor habilidad). Vemos así cómo las herramientas (su fabricación y su uso) constituyen un salto importante en la capacidad de los seres vivos para realizar tareas cada vez más complejas y útiles con más eficacia.
Dennett resalta nuestra costumbre como seres gregorianos de descargar en el medio la mayor parte de nuestras tareas cognitivas, a través de marcas, claves, disparadores de costumbres (la escritura también sería un tipo de estos dispositivos o recordatorios externos), de modo que nuestro cerebro queda libre para trabajar en otra cosa, y siempre puede recuperar esa información que queda almacenada en el entorno para reprocesarla o representarla (por usar otra de las metáforas del libro, nuestro cerebro albergaría sólo unos índices que nos permitirían acceder a la información que hemos ido diseminando en el exterior, en la biblioteca, los cuadernos de notas... la mente humana no se restringiría a las limitadas fronteras físicas de nuestro cerebro, sino que abarcaría todos esos dispositivos externos en los que descargamos nuestras tareas y sin los cuales nos veríamos muy disminuidos).
Pero no sólo los objetos externos pueden servir como fuente de inteligencia potencial para la criatura gregoriana, no menos importantes son las "herramientas mentales". Un tipo de herramienta mental o interna que representa un paso realmente gigantesco en la evolución humana lo constituyen las palabras. Utilizando los conceptos y las palabras como "muletas" para elevarse aprovechando el conocimiento de otros, la criatura gregoriana alcanza niveles de inteligencia que serían impensables si no contara con esas ayudas. Pero además, al incorporar las palabras a nuestro universo imaginado, y jugar con ellas combinándolas de diferentes formas, aquellas criaturas fueron dando el paso revolucionario desde el mero "hacer cosas", sin saber que las hacían, a la auténtica reflexión acerca de los propios actos, eso que estamos de acuerdo en llamar conciencia. He ahí el paso definitivo que marca la diferencia entre los animales no humanos (con capacidad de crear y manejar conceptos, qué duda cabe, pero seguramente sin capacidad de reflexionar sobre esa capacidad) y los seres humanos (con su salto a lo metafísico, capaces de proezas como pensar sobre el acto de pensar). Parece que, después de todo, sí que somos únicos. Y si el lenguaje (manejo de herramientas mentales) es el requisito previo para pasar esta frontera, ya tenemos la pista, me atrevo a especular, para ir intentando identificar el momento en que los seres humanos se hicieron, por fin, humanos en toda regla.

Referencias
  • Arsuaga, J. L. y Martínez, I. (2002). Amalur: del átomo a la mente. Madrid: Booket / Temas de Hoy.
  • Darwin, C. (1991). El origen de las especies. Barcelona: RBA.
  • Dawkins, R. (1993). El gen egoísta. Barcelona: Salvat.
  • Dennett, D. C. (1996). Tipos de mentes. Madrid: Debate.

    Fuente original de este artículo: Blanco, F . (2004). Daniel Dennett y los tipos de mentes: Un intento de comprender la conciencia. Psicoteca, http://www.psicoteca.com
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